Usamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.
Si continúas navegando en esta página o haces click en la página,
consideramos que aceptas su uso en los términos indicados en la Política de Cookies.
  
  
5229
¿Por qué?
¿Mi clave?
  LOGIN  
Web/Blog y Red Social de
MANUEL ALBA

Web blog válido hasta el 2017-10-12

Contactos
Suscriptores


Mis contactos



Patrocinadores
Insertar o modificar un articulo
NOTICIAS y ARTICULOS


Manuel Alba
Marbella España
Actualizar perfil

Los antepasados
Fecha: 21-09-2014 - 22h00   Modif.: 23-09-2014 - 10h06






Telf: ()
Enviar mensaje instantáneo


Publicado por: Manuel Alba

Esto que voy a contar sucedió durante mi primera juventud, siendo un chaval de quince años, algo que no borraré de mi memoria y que aconteció en la última visita que hice con mi padre a un pariente nuestro.


He de señalar que era mi padre un hombre de un sentido de humor extraordinario aunque no lo aparentaba pues su semblante era extremadamente serio… ¡engañaba su apariencia!. Siempre nos llevamos muy bien y nuestros paseos juntos fueron frecuentes hasta el final de sus días. Estos se prodigaban más en mis vacaciones escolares.


Tenía mi padre un pariente cuyo nombre no he de escribir por respeto a sus hijos y nietos, que estaba adornado de un virtuoso papanatismo y era pródigo en sus delirios de grandeza, que se habían incrementado en la medida en la que hizo fortuna yal ritmo en que esta crecía. Era mayor, bastante mayor que mi padre y siempre se refería a él como su primo, aunque era lejano el vínculo, pues en tiempos difíciles parece ser que mi abuelo procuró asistir, y bien lo hizo, a toda su familia.


El primo de mi padre empezó a hacer fortuna tras la guerra incivil que España sufrió en los años treinta del pasado siglo, introduciéndose en los negocios más florecientes provisto de un título universitarioque nadie sabía cómo había conseguido porque ninguno en la familia recordaba que hubiese asistido a ninguna Facultad. Bueno, eso era lo de menos… el caso es que le fue bien en aquellos años difíciles y compró una gran casa en la ciudad, con dos plantas y un gran patio central con una arcada de columnas a modo de atrio sobre la cual se situaba la galería de la planta superior.


En la planta baja estaban las oficinas de sus negocios y una especie de comedor salón donde atendía a sus invitados, y en la planta superior estaba la vivienda, amplia y confortable. Ambas plantas estaban decoradas con obras de arte, pinturas y esculturas de diversos estilos y en gran medida de dudoso gusto, pero lo más destacable eran los retratos. Estos eran de presuntos parientes y ancestros familiares, de los suyos propiamente dichos y otros, los más solemnes, supuestamente eran los antepasados comunes con mi familia paterna, por lo cual compartían con los míos el apellido en unos casos como primero, como segundo en otros.


Lo visitábamos cada verano y cada Navidad en uno de nuestros paseos y el primo nos mostraba siempre los retratos, poniéndonos al día de alguna nueva incorporación. Cada óleo tenía un extraordinario marco y en la parte inferior del mismo una plaquita de plata con el nombre del insigne y extinto pariente retratado. Yo sabía perfectamente, porque mi padre me lo decía que era mentira todo aquello y que los cuadros los compraba por donde iba encontrándoselos, especialmente en Madrid, desde donde, cada vez que iba, acarreaba un antepasado nuevo. Nosotros poníamos caras de trascendentes y yo, que ya me las traía a temprana edad, le preguntaba con curiosidad por aquellos personajes, dándole pie a explicaciones que al salir a la calle nos daban pie a una buena dosis de cachondeo.


Generales, magistrados, clérigos y nobles estaban colgados de aquellas paredes con su placa en el marco, dando la impresión algunos de ellos de que se estaban riendo como nosotros de las ínfulas del primo.


El verano anterior a la fecha a la que me quiero referir nos presentó a un obispo que presuntamente había ocupado la sede de Cartagena de Indias, y que tenía puesto en la plaquita mi primer apellido como el segundo suyo, percatándose mi padre que el nombre del clérigo, de rasgos más bien indígenas, estaba escrito bajo la firma del pintor.Lo dejó pasar pero me prometió que era la última vez.


Llegó la siguiente ocasión, que fue el verano de 1972, en el pertinente paseo, mi padre y yo fuimos a ver al primo, previo el anuncio telefónicopertinente. Estuvimos en el despacho y pasada ya una hora sorprendía que no nos hubiese llevado a ver los dichosos retratos y que no nos hubiese anunciado ninguna novedad… y era porque el pariente quería darle emoción al acto. Tomábamos una copita de vino pues era época en la que a los muchachos no se les negaba el vino, como ahora, y en un determinado momento proclamó aquel buen hombre: ¡Manolos, os voy a mostrar un admirable hallazgo!, conduciéndonos a una sala anexa al despacho, en la cual, sobre un caballete muy ornamentado, se encontraba situado un retrato de tamaño pequeño, de unos sesenta por cuarenta centímetros, de un militar galán y altivo, rubio y con mirada desafiante. La placa decía: Gral. Francisco de Terán y Alba…. Lo admiramos, le pregunté, me dijo que había sido destacado militar de mediados del XIX y que paso la mayor parte de su vida en misiones en el extranjero… ¡No existía Internet!.


Llegada la hora de despedirnos, nos acompañaba el primo a la puerta y justo en el momento en el que yo me extrañaba de que mi padre no hubiera cumplido con la promesa de desenmascarar al pretencioso personaje le oigo dirigirse a él por su nombre y decirle: “ese de este año es un militar ruso, con uniforme ruso de gala, condecoraciones rusas, sable ruso y cara de ruso” pero cuando el primo iba a protestar ya mi buen padre remató la faena: “Y el obispo del año pasado era un nativo de donde fuera que se apellidaba Gálvez y ninguno de esos retratos son antepasados míos, que podrían serlo en todo caso, ni tuyos, que nunca tuviste uno de más alcurnia que un cabo de carabineros”. Salimos de allí rápidamente y en silencio aunque a escaso treinta metros estallamos en carcajadas.


Hubo, desde luego, consecuencias… El indignado y pretencioso primo llamó semanas después a casa, una vez recuperado, según él mismo manifestó, del sofocón y del ataque de ira.Habló con mi madre para anunciarle que ni mi padre ni yo seríamos recibidos en lo sucesivo en aquella casa y que para él habíamos muerto.



Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:
Comentarios
Para envia un comentario, registrate.


Envía tu comentario



Articulos registrados : 5



¡Esa generación del 27!
Publicador por: Manuel Alba
Ref. :    -     Fecha: 16-11-2014
Seguir leyendo


Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:


Los antepasados
Publicador por: Manuel Alba
Ref. :    -     Fecha: 21-09-2014
Seguir leyendo


Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:


Albert Camus, centenario de un hombre digno
Publicador por: Manuel Alba
Ref. :    -     Fecha: 11-11-2013
Seguir leyendo


Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:


La negación del Dalí escritor
Publicador por: Manuel Alba
Ref. :    -     Fecha: 20-12-2012
Seguir leyendo


Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:


Emil Mihail Cioran y otros rumanos
Publicador por: Manuel Alba
Ref. :    -     Fecha: 15-12-2012
Seguir leyendo


Enlace INTERNO a copiar:
Enlace EXTERNO a copiar:


Manuel Alba
Tel: () -
Email: abogadoalba@hotmail.com
Poblacion: Marbella
Mi Web/Blog
- Mis imagenes
- Mis eventos
- Mis articulos
- Mi comunidad
- Mis enlaces
- Mi codigo QR
- Mi curriculum
- Registro de contactos
- Contactar
Textos legales
Servicios
- Ayuda
- Booking
- Guia de usuarios
- Foro global
- Inmobiliaria



Visitas totales: 94010 | Visitas de hoy: 466