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Manuel Alba
Marbella España
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Confío en quienes saben fracasar
Fecha: 23-11-2013 - 23h00   Modif.: 23-11-2013 - 19h30






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Publicado por: Manuel Alba

Se vive en un estado angustia colectiva  y la que fue hasta hace poco tenida por excelsa, la casta de los triunfadores de fácil y corto recorrido, vive en la desolación que le produce la caída de todos los mitos falsos.  Durante años se ha vivido exaltando a quienes alcanzaban con rapidez y sin demasiados contratiempos un estatus social considerado por los demás como envidiable…. Se adoro el becerro de oro, se ensalzó la figura del triunfador de plástico, se le envidió, se trató de imitar…. ¡Nadie pensó que se pudiese llegar a producir una convulsión de tal calibre que pudiese minar los cimientos de barro de ese mundo de ficción!

Triunfar es fácil cuando los tiempos cantan bonanza, triunfar desde esa perspectiva materialista en la que los valores morales se ven relegados a un rango inferior no es nada extraordinario cuando el mecanismo del sistema funciona y el dinero corre de modo desenfrenado. Quienes nunca estuvimos de acuerdo con ese planteamiento, que no éramos muchos, fuimos descalificados y se nos tildó de envidiosos y de frustrados: ¡Renegábamos de aquello que envidiábamos! Eso pensaban quienes se sorprendían porque alguno denunciásemos la falsedad de aquel espejismo, la debilidad de aquellos cimientos que sostenían  un castillo de arena.

Defendiendo una escala de valores distintos, observé con asombro el encumbramientos y enriquecimiento de quienes se lanzaban al ruedo de los grandes negocio sin arriesgar patrimonio propio, financiados por esos maravillosos amigos de entonces, los Bancos, y trepando socialmente, para lo cual se aventuraban  a comprar todo aquello que supusiera un signo externo de prestigio y riqueza…. Solía decir yo que desconfiaba muchísimo de aquellos triunfadores, y a quienes me querían oír les argumentaba los fundamentos de mi criterio. ¡Con que escepticismo, cuando no burla,  me miraban cuando les decía que ninguno de aquellos que todos admiraban resistirían el menor revés de la fortuna!.

Ciertamente, y como ahora se está viendo, el triunfalismo se ha tornado desencanto y desesperación  ante una situación no prevista, o, más bien, no deseada prever. Ninguno de esos que hoy se quejan amargamente de que lo que poco les costó porque lo hicieron con dinero de otros, se haya ido a pique, se resigna a volver atrás, a ser un perdedor, a tener que afrontar el fracaso… mi desconfianza ha resultado ser más que fundada y auguro peores tiempos para esos falsos ídolos de las finanzas y el glamour caídos de pedestales de cartón piedra.

No me regocijo con esas situaciones, ni me alegro de esos dramas porque, efectivamente, y en definitiva son eso: dramas, dramas que alcanzan en ocasiones límites que llevan a la angustia y a la muerte.  Empieza ahora mucha gente a darse cuenta de lo efímera que puede ser a gloria cuando se labra con facilidad, sin excesivo esfuerzo y al compás de las circunstancias favorables.  Mi desconfianza venía cimentada en la idea de que ningún éxito, en ningún plano de la existencia, se puede contemplar sin tener siempre presente la posibilidad del fracaso.Nadie que se queje de su suerte adversa y que culpe a los demás, a las circunstancias, a la sociedad, a cualquiera, de su desdicha, puede haber sido jamás un triunfador, y si lo fue, no tuvo derecho a serlo porque no albergó la posibilidad de que la adversidad tocase a su puerta y no contó con ella.

Quien me haya dicho que nunca sufrió un revés no me merece la confianza que me producen aquellos que no solo reconocen haber fracasado una vez o unas cuantas, esos que no esconden sus fracasos y los manifiestan con el mismo rigor y orgullo que sus éxitos: ¡Esos que a pesar de la adversidad siguen adelante son los triunfadores!,¡Esos que se levantaron de las caídas y sacaron provecho de la lección que da la derrota, son los verdaderos triunfadores!. Espero que de esta situación desafortunada sean muchos, muchísimos, los que saquen provecho de la lección, los que aprendan del fracaso y vuelvan a crecer. Todos los que no pierdan el tiempo en buscar culpables y busquen el camino de salida, serán ese tipo de personas en las que confío.

No puedo admitir que nadie asuma la culpa de su propia caída en la medida que le corresponda y que se busque siempre fuera de uno mismo la causa del infortunio, ni tampoco entiendo que para alcanzar un objetivo se tenga que exigir a la sociedad el aporte de los medios. La España del Estado del Bienestar ha sido la muestra palpable del fracaso de una sociedad y de unas generaciones que lo han tenido todo regalado y que han conseguido en muchos casos levantar sus castillos en el aire sin arriesgar nada propio, esa  sociedad de la apariencia basada en el crédito, en la hipoteca, en el dinero ajeno. Y ahora me horroriza escuchar esos nuevos conatos de montar escenarios teatrales, de volver a la tramoya con esperanzas en que los días del derroche regresen tras estos aciagos tiempos, me aterra oír que se generan nuevas expectativas en la juventud que se hace llamar emprendedora, término que ni es novedoso ni es consistente, esperanzada en que el dinero público o el crédito bancario le financie su idea, huérfana de recursos propios, y le de la llave de nuevas quimeras.

Mi fe en quien no culpa a nadie de su fracaso, reconociendo sus fallos a la hora de calcular sus objetivos, sus errores y asumiendo los mismos como lección para volver a la lucha viene avalada por la propia historia del mundo empresarial.  Muchos de esos famosos magnates mundiales surgieron o resurgieron tras haber visto hundirse sus proyectos, lucharon para reemprender el camino procurando evitar caer en las equivocaciones anteriores. Todos los conocemos, y en España también abundan, y esos son lo verdaderos emprendedores.  Solo quienes sean capaces de seguir luchando desde la asunción de la propia culpa en el fracaso, habiendo sabido superar la caída y salir a flote de un modo u otro, solo quienes sean capaces de empezar nuevamente desde cero o desde menos aún sin poner sus esperanzas en el crédito o la subvención sino sosteniéndose en la fe en ellos mismos, se pueden llamar emprendedores y merecer la confianza y el respeto debido.

Conozco personas que me han llegado a decir, tras cerrar aquel negocio que abrió con caudales ajenos y que el Banco entonces amigo le financió, que se quejan amargamente de su triste sino y maldicen al hoy enemigo que le quitó lo que, al fin y al cabo, nunca tuvo, que se sentían avergonzados por tener que volver a trabajar en sus antiguos oficios… Procuro evitar decirles lo que pienso por no hurgar en sus heridas, pero no puedo creer en ellas porque esa incapacidad de retornar al punto de salida, ese sentimiento de deshonra por haber sufrido un revés las invalida para ser depositarias de la fe de las personas serias y razonables.



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