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Manuel Alba
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Desviviendo la vida
Fecha: 25-06-2013 - 06h35   Modif.: 25-06-2013 - 06h35






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Publicado por: Manuel Alba

Miro a mi alrededor y veo cuanta gente hay encadenada a su vida, a su trabajo, a su familia, a esas cosas que consideran suyas… atadas a la cotidianidad más exasperante, ambicionando poca cosa, nada… simplemente posición social, bienestar… seguridad.  A menudo se quejaran de esas ataduras y proclamarán anhelos de libertad, aunque tal deseo sea aparente y ficticio porque el temor a perder las pequeñas posesiones que conforman su bagaje produce en esas gentes un pánico inconmensurable y las aferra a las servidumbres que impone ese espíritu burgués de ser eminentemente materialista que han ido heredando.

 A veces contemplo el mundo que me rodea con el asombro con el que contemplan los niños cualquier fenómeno de la naturaleza cuyo mecanismo desconocen… Si, con asombro porque no deja de sorprenderme que día a día todo sea, en definitiva, igual para los demás y diferente para mi.  Siento entonces la sensación de que no pertenezco a ese entorno, a ninguno para ser exacto y me da miedo, mucho miedo, estar equivocado y que mi ajenidad sea ficticia, aunque, afortunadamente hasta el momento presente, ese miedo se esfuma en la reafirmación de mi mismo.


El humano contemporáneo es en su generalidad el fruto de las falsas revoluciones progresistas que se inician con la tergiversación del ideal místico orientalista que supuso el primer cristianismo, que se prohíja en la idea de una igualdad generalizada de todos en contra de los más elementales principios de la razón y que se ha mantenido como mantra sagrado, adoptado por todas las pseudoideologías que han hecho bandera del falso progresismo: ¡igualdad!, ¡igualdad!, ¡igualdad!, repitámoslo hasta que seamos capaces de convencernos y asumirlo porque  así lo quiere Dios o el Partido, que da lo mismo. Esa igualdad que tan denostada ha sido por la razón y censurada por los filósofos, convertida en axioma, en dogma, a pesar de su evidente falsedad lógica, es el principio rector del pensamiento occidental y, utilizando las palabras de Ortega y Gasset, “en nuestro tiempo reina la fábula convenida de que todos somos iguales”.  Esa igualdad decretada e impuesta en un silogismo de premisas falsas ha anulado la individualidad espiritual y ha adocenado y amontonado a los individuos en una masa de iguales manipulados. Escapar de esa situación, de esa inercia es tarea difícil y arriesgada en cuanto implica la reacción contra un sistema y el rechazo intelectual y metafísico de sus principios, impone también una disciplina  y requiere una actitud defensiva, de clandestinidad ideológica, pues cualquier persona que aspire a la libertad tiene que aparentar acatar la disciplina del sistema, con actitud de converso no convencido. ¡Sobrevivir es muy duro ante tanta alienación y podredumbre!.

 
Esa sociedad de los iguales es una sociedad burguesa a pesar de que contingentes enormes de masas manipuladas hayan luchado contra el espíritu burgués durante largos periodos históricos, hayan reivindicado la lucha de clases, hayan estafado a la humanidad y a ellos mismos con la idea de un nuevo mundo que, a la postre no consistía sino en cambiar a unos por otros y extender las alas de la sociedad burguesa para cobijar a nuevas castas aburguesadas. No hay más que ver esa sociedad occidental contemporánea y fijarse en sus modos y procederes y en su buque insignia, predicado por todos, izquierdas y derechas: el Estado del Bienestar. Ese fraude consistente en canjear libertad por comodidad y pensamiento por estabilidad económica, esa falacia de corte conservador en extremo que hace que el individuo no se plantee el día presente sino que se fije permanentemente en el futuro, un futuro inestable, incierto, imperceptible en el hoy pero en el que se ha puesto toda la fe y frente al cual se ha afianzado el terrible temor de no tenerlo “garantizado”. El hombre común de hoy no es un ser de presente, no es un ser capaz de arriesgar y aventurar sino que es un expectante ambicionador de futuro,   de ese periodo que se supone que ha de venir y para el que desea tener estabilidad material, por supuesto, no importándole matar el hoy, el aquí y el ahora.

La sociedad occidental es una sociedad de muerte, de valores muertos y de expectativas cadavéricas, a pesar de que lucha contra la muerte desde la ciencia médica, desde la biología o desde la economía, y el hombre de ese mundo es un burgués modernizado que quiere vivir más para disfrutar y poseer esos bienes que el Estado del Bienestar le augura y promete, esa estabilidad, sin plantearse para qué y porque.  Desconfiado con respecto a los demás y a si mismo, necesita garantizarse el mañana incierto y hasta improbable en muchos casos con leyes restrictivas de derechos, límites a las libertades. Esa desconfianza en los demás y en si mismo le destruye como persona y lo adocena más aún si cabe pero no importa. Solo hay un límite a la situación y es por suerte, inevitable: La muerte. Y no hay nada que me dé más satisfacción que observar ese planteamiento actual de la muerte, esa forma de reducirla indignamente, de encubrirla y taparla, apartarla del lenguaje en tanto no se llega a conseguir que desaparezca. Sabiendo que esa desaparición no llegará nunca, se van obteniendo prórrogas a la vida mediante técnicas científicas, en un indudable esfuerzo que permite, indiscutiblemente una calidad de vida mayor y una longevidad en progreso, pero esa calidad y esa longevidad carecen de sentido sin ideales y sin libertad, puesto que de poco sirve vivir más y mejor si solo ha de servir para esperar más tiempo y más cómodamente el inexorable final en medio de un contexto vacuo.

El hombre común trata de evitar el riesgo en todos los sentidos e incluso llega en su afán insensato a prohibirlo, no habla, no se atreve a hablar de aventura más allá de la programada y predecible, de resultados garantizados, dentro del deporte… no asume que vivir es a la vez desvivir y que todo bienestar y todo progreso material, toda fortuna y posesión no son sino detentaciones pasajeras, no es capaz de alcanzar a comprender que somos inquilinos del mundo desde nuestro nacimiento y que vamos descontando días, al igual que se van arrancando las hojas del calendario. Es impensable para el demócrata ciudadano de un país occidental, para el ser igual a los demás por decreto, por imperativo legal, plantearse que todo lo que pueda suponer incluso el peligro de perder la vida, todo riesgo incalculado en su resultado, es no solo asumible sino necesario para poder sentirse libre y satisfecho con uno mismo, para recuperar la confianza en el propio ser, y es impensable porque ya ha perdido, incluso, todo interés en confiar en si mismo. ¿Por qué no poner en riesgo la propia vida si, al fin y al cabo, va a acabar más tarde o más temprano, en el afán de conseguir un ideal?, ¿Por qué rechazar los valores guerreros, caballerescos si se quiere, del hombre del Medioevo, de ese periodo tan denostado por el mundo actual?.

 

A mí me produce una enorme satisfacción ir contra la corriente y pregonar mi repugnancia por el sistema y por sus formas, proclamar mi heterodoxia y martirizar a los adocenados que me rodean recordándoles cada vez que puedo  que más bien pronto que tarde, por mucho que no la nombren, por mucho que la eludan y la esquiven vendrá la señora muerte y les llevará con los demás, con todos, absolutamente todos los que nos precedieron. Yo mantengo la confianza en mí mismo, al menos grandes dosis de ella, pues no puedo negar las influencias del medio hostil en el que vivo, y de ahí mi desapego, mi sistemática negación de cualquier renuncia de presente, del trueque del hoy por la incertidumbre de un mañana, de mi mañana o del de quienes vengan a sucederme… No soy tan absurdamente pretencioso como para tratar de garantizar a las generaciones futuras absolutamente nada, pues serán ellas, si es que llegan a existir, las que tendrán que ventilarse sus asuntos, yo soy vitalista y por eso no vivo mi vida sino que la desvivo con entusiasmo, por mucho que le extrañe a los demás. ¡A mi no me da miedo ir arrancando las hojas a mi calendario, sino que me resulta fascinante y divertido!.





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