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Manuel Alba
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Sociedad y mediocridad
Fecha: 21-04-2013 - 07h02   Modif.: 21-04-2013 - 07h02






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Publicado por: Manuel Alba

Una sociedad que en su mediocridad no es consciente de que precisa de la excelencia está enferma… pero si, además, ensalza y encumbra como valores la vulgaridad y la ordinariez más obscena, lo que está es muerta.
 
Contar con la capacidad de la masa, con la conciencia constructiva del pueblo, para alcanzar altos ideales, recabar su colaboración y su esfuerzo voluntario para salvar situaciones colectivas desfavorables o para emprender el camino de la evolución y el progreso, es una pretensión vana e inútil. En nuestro mundo occidental, cada vez más decadente y desvitalizado, estamos consagrados al culto de ese sistema político de regir y gobernar los Estados que se denomina “democracia” al que se califica como el mejor de los sistemas posibles, desde una perspectiva positiva, o el menos malo, si desde la visión negativa, dentro del sistema, se contempla.  La sacralización de la  democracia como sistema ideal es el producto del mito y de la ignorancia, de la adoración beatona a una Grecia que como tal no existió nunca, y a un sistema que duró poco tiempo vigente por causa de sus limitaciones e innumerables defectos. Aquel sistema de gobierno que  denominamos comúnmente “democracia griega” fue el resultado de unas circunstancias que sucedieron exclusivamente en Atenas y que llevaron a aquella ciudad estado a establecer un sistema de gobierno participativo en el que, en teoría, todos los ciudadanos podrían participar.
 
El primer problema que se plantea es, precisamente, que ser ciudadano no era equivalente a ser habitante de Atenas, sino que dependía de su origen: padre y madre atenienses, no lo eran quienes no cumplían esta condición, y tampoco los numerosos extranjeros residentes en la ciudad ni, por supuesto, los esclavos. Se calcula que en el territorio del Atica, es decir, Atenas y su periferia, nunca hubo más de 130.000 a 150.000 habitantes en la época, de los cuales, la mitad al menos eran esclavos o extranjeros, y  en ocasiones estos superaron con creces esta proporción. De ese cincuenta por ciento aproximado de habitantes hay que descontar a las mujeres, una proporción que calcularemos al menos en otro cincuenta por ciento, es decir, los ciudadanos que contaban con plenos derechos eran una cuarta parte de los habitantes.
 
La segunda realidad fue que para acceder a determinados cargos había que tener una edad específica y estar clasificado en la primera clase social, esto es, sencillamente, ser económicamente poderoso, por lo cual los pobres no eran tan iguales como se pretende por parte de los corifeos del sistema. Por lo tanto, se trataba de una “democracia” en la que unos pocos, constituidos en dirigentes, gobernaban a 150.000 habitantes, como mucho, de los cuales tres cuartas partes no tenían derecho a opinar ni decidir y los que lo hacían dependían de la edad y la situación económica para poder llegar a ostentar los puestos de responsabilidad. Desde el comienzo del siglo V antes de nuestra era el sistema democrático permanece en Atenas, no sin intentos de derrocarlo por parte de la aristocracia,   se establece en otras ciudades aliadas  y se trata de imponer a la fuerza a aquellas que no la asumieron… Al comienzo del siglo IV a duras penas sobrevive, víctima de sus contradicciones y corrupciones, y en el año 338 antes de nuestra era, un joven de 18 años, Alejandro, el hijo de Filipo el Macedonio conquistó la ciudad estado de modo pacífico, el pueblo lo aclamó como libertador y poco caso hizo a Demóstenes el defensor del sistema y promotor de una fracasada liga de ciudades contra Macedonia. 
El experimento duró unos ciento sesenta años sin fructificar por sus propias contradicciones y desajustes: La cuarta parte de los habitantes del Atica no logró ponerse de acuerdo sino rivalizar, porfiar y corromper.  Y desde luego, no contó con el favor de las grandes mentes de la época: Sócrates y su discípulo Antístenes la rechazaban plenamente por la irresponsabilidad del pueblo y la demagogia de los políticos, por lo de poco virtuoso que tenía y la corrupción que a su sombra se promovía.  Platón se distanció también de aquel sistema turbulento y marcadamente corrupto, en el que se imponía la igualdad entre quienes no podían serlo, porque la naturaleza hizo a los hombres desiguales en capacidades y cualidades, un sistema anárquico que conjugaba en su opinión la ignorancia y la grosería… fue preceptor de Dionisio de Siracusa y a éste no le aconsejó que adoptara, precisamente, la democracia como forma de gobierno; y su discípulo, Aristóteles bien sentó su rechazo a la democracia como forma degenerada de gobierno popular y hay que recordar que fue el preceptor del conquistador del Atica : Alejandro Magno.
 
Tampoco Jenofonte fue  diferente en su criterio, considerándola abominable, y Diógenes de Sinope, Isócrates, ni la mayor parte de los pensadores de la época sintieron el menor entusiasmo por ese sistema que se exportó a Roma y que se puede considerar implantada el último año del siglo IV antes de nuestra era. En Roma el sistema político democrático sucumbió por las mismas causas que en Atenas, con una nueva añadida, la extensión territorial de los dominios romanos era incompatible con un sistema político que era incapaz de gobernar la ciudad.
 
El siglo XVIII y la Ilustración hicieron renacer algunas ideas del pensamiento clásico, pero pretender que impusiera o defendiera la democracia popular y populista es ir excesivamente lejos. El sistema ilustrado era muy próximo al que Platón defendiese, de potenciación de la formación, la educación, de defensa de los intereses de todos los estamentos sociales, de la procura del bienestar, sin que ello supusiera el acceso de la masa al gobierno de los Estados…. Sería el demencial siglo XIX el que llevase tales pretensiones hasta nuestra actual situación. No ha cambiado lo fundamental desde tiempos de la Atenas “democrática”  y seguimos en los mismos parámetros de aquella época: pueblos – masa irresponsables y acomodaticios que han ido acostumbrándose a adquirir derechos sin contraprestaciones, a recibir sin dar, gracias a unas castas políticas demagogas y en gran medida corrupta, engarzadas en un sistema  que hoy está tan viciado como en el momento en que Alejandro de Macedonia entró en la ciudad de Atenas.
 
 
Esa “democracia”  elevada a sacro dogma reina en nuestro mundo y  se trata de imponer a fuerza de sangre y fuego cada vez que hay una oportunidad a gentes y sociedades que no la entienden ni la aceptan. Pero esa falacia  no es sino la consagración de la tiranía de partidos políticos y grupos de presión, mantenidos y propiciados por las masas informes, vulgo populacho que se cree soberano y que solo lo es de su propia decadencia… Cuando me refiero al sistema me gusta llamarlo “demagocracia” porque veo en el ese tufo totalitario que produce el caciquismo de los menos imbéciles del rebaño metidos a dirigentes…. ¿Qué hay corrupción? ¡Es normal! Ya se quejaban los filósofos antiguos que el sistema tan idealizado la produce desde su origen… ¿Qué hay manipulación y engaño al pueblo? Pero, ¿no es acaso lo que el pueblo ha propiciado, consentido y a veces hasta ensalzado?
 
La muerte de la excelencia, asesinada en la voluntad de las masas, luego manipulada y controlada, es la muerte del progreso y de la verdadera libertad. La institucionalización de la igualdad por Ley, la desactivación de la iniciativa individual por progresar y de los deseos de superación personal y ansias de saber en favor de una potenciación exacerbada de la mediocridad son el cadalso donde está ejecutándose cada día la grandeza que pudiese tener el género humano.    Algunos, los más iluminados del montón, se empiezan a dar cuenta que la fe imperturbable y dogmática en el sistema que consagra esa igualdad decretada y esa libertad falsa, que vende el humo del bienestar sin fronteras, les ha llevado a la auto mutilación a niveles más altos que los que se producían en aquellos sistemas pérfidos e las dictaduras del ayer, se han dado cuenta que contra aquellos sistemas cabía la rebelión y la resistencia, pero ante las “demagocracias”  no cabe ese recurso porque se caería en lo política y socialmente incorrecto…. La manipulación de la masa hace que esta misma se vaya apretando cada día más la soga al cuello, y no puede protestar porque con sus ansias de garantizarse un ficticio bienestar con vocación perpetua ha ido cediendo cada día un espacio mayor de libertad. ¿Acaso nadie se da cuenta que cada día hay más proscripciones y prohibiciones, más condicionamientos, menos espacio para la opción, menos libertad y más control?.  ¿Acaso nadie se da cuenta que cualquier opción partidista es absolutamente idéntica en los modos y fundamentos que la que dice  ser la contraria?. ¿Acaso nadie se da cuenta que no hay excelencia en los gobiernos, que no pueden llegar los mejores porque el poder se le ha entregado a los mediocres más absolutos, que predican la igualdad de bajo nivel, de vulgaridad rastrera porque no pueden llegar más alto?
 
Nuestras ciudades,   nuestros núcleos de convivencia, sufren la opresión asfixiante de los poderes públicos, la ciudadanía, si es que existe, se mueve mecánicamente, como muñecos animados por resortes.  Todo es homogeneidad y los actos y los propios deseos y sentimientos se rigen por las pautas marcadas por unos organismos a los que nadie ha elegido de manera directa y a los que no han podido acceder sino los señalados, los ungidos por el óleo de cada partido. Ante eso, esos iluminados   vinieron a descubrir la indignación como arma política y prostituyeron ese sagrado sentimiento de oposición y rebeldía de tal modo que el seguir las consignas de un viejo chocho francés que en los últimos pasos de su vida instó a una indignación que nunca mostró en su dilatada vida se convirtió en un mecanismo anti sistema con pretensiones de entrar en el mismo y, consecuentemente, reabsorbido y neutralizado. Y así seguiremos, viviendo en estados policiales en los que la intimidación de los poderes públicos se muestra desvergonzadamente, ciudades en las que cada día se hace más patente la presencia policial, en bien de la seguridad ciudadana, claro está, pero con una manifiesta vocación represora e intimidatoria, viendo como los disidentes, los que no quieren ahogar su individualidad en la fangosa y gris mediocridad, se sienten proscritos, se sienten perseguidos y casi tan intimidados como las víctimas de aquellas dictaduras que se curaban con grandes dosis de “democracia” 
 
¿Qué hago yo para impedirlo? ¡Nada, absolutamente nada!, me reafirmo en mi soledad creativa y me aferro al mi aislamiento procurando paliar las consecuencias que me llegan y esquivar los golpes que me dirigen los que me señalan con el dedo mediante el cumplimiento de lo que aprendí de Epícteto o Marco Aurelio, porque se puede luchar contra la opresión, se puede luchar contra, pero no contra la estupidez del montón que sigue fiel a los principios del pan y circo. Cuando los políticos piden esfuerzo colectivo, solidaridad y sacrifico a los pueblos,  lo hacen con el conocimiento de que no lo obtendrán y que les dejarán hacer a sus anchas. Occidente y su ideal de “democracia” está tan perdido y falto de rumbo como aquella Atenas, y cuando el sistema caiga en alguna de sus potencias hegemónicas, todos los países seguirán el mismo camino como si de fijas de dominó se tratasen. La sociedad occidental, instalada en la más zafia mediocridad y defensora de la igualdad medida por los niveles más bajos y groseros, está muerta… y no puedo predecir cuál será el signo de los tiempos después de que la “demagocracia” se precipite en el abismo como en los tiempos en  aquella Atenas hastiada vitoreo al macedonio… Mientras, espero, espero y no colaboro en una manifiesta rebelión un tanto pasiva, es urgente esperar, será cuestión de tiempo, no demasiado tiempo.
 






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