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Manuel Alba
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La impopularidad es una gran virtud!
Fecha: 09-04-2013 - 19h51   Modif.: 09-04-2013 - 19h51




Lo aprendí de Antistenes

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Publicado por: Manuel Alba

Siempre que tengo ocasión, recuerdo a mis interlocutores que soy un ferviente seguidor de aquel discípulo de Sócrates que consiguió, gracias a su independencia, su desapego y a la seguridad y firmeza de su carácter y de su convicción de que no se depende más que de uno mismo, que los acusadores del maestro no pudieran quedar indemnes. Asistió Antístenes a la muerte de Sócrates, le acompañó en sus últimos momentos y deja constancia de ello Platón, que no estuvo allí, en su diálogo “Fedón”. Aquella injusticia requirió su acción y ya nos cuenta Diógenes Laercio como fue capaz de conseguir el destierro de Anito y la ejecución de Melito.
 
Este precursor de la escuela cínica, aunque no creó escuela ni corriente,  siempre proclamó que la buena fama, el reconocimiento social, la popularidad, lejos de ser virtudes o valores positivos, eran perjudiciales y nadie que aspirase a la sabiduría debería de ambicionar alcanzarlos. Ciertamente, se resulta impopular si se toma el camino de la austera autarquía personal y se aleja de esa masa social, informe, aborregada y a quien se aparta del rebaño se le trata de aniquilar para que no cunda el ejemplo. Fue siempre así, y ahora más.
 
¿Ahora más? ¡Indudablemente! La masificación, la globalización, la asunción de unos valores repugnantemente materialistas, la consagración de los infames dogmas de igualdad, justicia social o estado del bienestar, que ocultan la servidumbre voluntaria de la sociedad, la tendencia al exterminio del individuo como concepto, son las pautas que mueven el mundo, Ahora la mediocridad reina en el mundo y a las viejas inquisiciones las ha sustituido otra: la democracia, esa diosa de los bellacos, esa luz que ciega a los pueblos envilecidos porque les hace creer que todos somos iguales, les inculca que los derechos no se conquistan por méritos propios sino que son consustanciales al nacimiento, les hace sentir a los mediocres que son ellos el motor del Cosmos y que los excelentes deben de ser eliminados.
 
¿Acaso una persona que sea consciente de su realidad como ser, como individuo, que pretenda construirse en cuerpo y en espíritu tomando el camino de la excelencia puede sentirse beneficiado porque la sociedad le ensalce y reconozca? ¿Acaso aquel que cultiva su desigualdad, su diferencia, que reivindica su sagrado derecho a ser de los mejores no se sentiría avergonzado de recibir del rebaño cualquier lisonja?
 
La consagración de un sistema endiosado en el que la opinión de la mayoría, una mayoría cuantitativa y numérica, espoleada por los más destacados de los mediocres, sea norma de obligado cumplimiento y de respeto es una aberración que no comparto. Como Antístenes, tengo el firme convencimiento de que la voz de la mayoría, su opinión y sus dictados no merecen el mínimo respeto por el mero hecho de surgir de dónde surge, por no estar justificada ni estar fundada en la razón, por no ser sino el fruto instintivo de un sentimiento colectivo amorfo y desarticulado.
 
Nunca me importó que me señalasen como “políticamente incorrecto”, diciéndolo con la terminología al uso, el eufemismo adecuado, puesto que en nuestra sociedad todo se disimula…¡hasta se ha disfrazado de corrección la forma de llamar a las cosas, la terminología del lenguaje que nos caracteriza, aplicando esos mecanismos artificiales de corrección que desembocan en el ridículo y así ya no hay negros sino subsaharianos! ¿Hay que considerar también subsaharianos a los negros de Michigan, California o Rode Island?...
 
No me he dejado domesticar sino que, bien al contrario, los años me hacen más bravío. Ahora me importa menos que nunca el ser reconocido, bien considerado o incluso respetado por la masa. Yo si la respeto a ella por principios y por la evidente razón de que no me siento vinculado a ella, por lo que ni me molesta ni me perturba, no tengo por lo tanto que sentirme hostil.
 
Se me podría argumentar que entonces por que sigo dentro del sistema, que por que respeto las leyes y las normas y no me desmarco de ellas. ¡Muy simple!, me veo obligado a ello, me veo obligado a convivir en un mundo en el que existen unas reglas que me veo compelido a acatar por imperativo legal, y me mantengo, como siempre, en el equilibrio de Antístenes, me mantengo de todo lo que me rodea socialmente lo más apartado que puedo, no muy cerca para evitar quemarme ni demasiado lejos para no helarme,   y cumplo normas, y mantengo comportamientos que se me imponen, aunque ni los asumo ni los respeto sino que me mantengo expectante ante la posibilidad de cualquier momento de evolución y esplendor en el que se logre acabar con la farsa.
 
Por eso mi poco apego a la vida pública, mi comedido desprecio a la democracia, a la que le deseo una pronta y definitiva desaparición para bien de la inteligencia y para progreso de la humanidad, y mi convicción de que la buena fama, el reconocimiento público, las loas sociales son una basura. No me siento mal, ni me da miedo,  cuando manifiesto que el engaño democrático no me afecta, y predico con convencimiento que hasta que no se de por archivado definitivamente ese engendro falaz y maléfico que consagra la igualdad por imperativo legal de todos los humanos, despreciando las más elementales reglas de la lógica y las propias leyes de la naturaleza, que consagra el liderazgo que surge de la consagración dogmática de la estupidez de la masa y condena la excelencia, sometiéndose a la vulgaridad más obscena y repugnante, hasta que las aguas vuelvan a su cauce, la sociedad irá cayendo en una progresiva decrepitud y decadencia.
 
¡Pero, al fin y al cabo, esta es una opinión, una opinión nada más!  La opinión de alguien a quien una de las cosas que más miedo le da es que le halague o le reconozca una sociedad que le repugna y a la que pertenece porque no tiene otra alternativa.
 



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