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Una reflexión en torno a la monarquía


A pesar de las firmes convicciones monárquicas de quien escribe estas líneas, no me cabe ninguna duda de la accidentalidad de la forma de gobierno, no hay por que rasgarse las vestiduras en el eterno dilema entre Monarquía y República.

La Monarquía es la forma tradicional de Gobierno de España, y es la consagrada actualmente en la Constitución de 1978, que otorga al Rey un papel de moderador, de garantizador de los principios esenciales de España en cuanto a su unidad, su independencia y soberanía, que lo instituyen en la suprema magistratura y en referente para todos: Su papel constitucional va más allá de la mera función decorativa.

En nuestros días, esos elementos que pretenden constituirse en progresía, con un absoluto desprecio a la Historia de la Humanidad, se empeñan en convertir en sinónimos los términos República y Democracia. Tamaña falsedad se pretende imponer olvidando que desde los tiempos más remotos las Repúblicas se han asentado y se han sentido cómodas en el absolutismo y en el despotismo, olvidando, por ejemplo, que en ese mito que constituye la idealización histórica de la antigua Grecia coexistían Repúblicas absolutistas y antipopulares como las de origen dórico, como era el caso de Esparta, y que las de origen jónico, como Atenas, no reconocían la libertad de la inmensa mayoría de los seres humanos que vivían en su perímetro de soberanía, que eran gobernadas por y para una minoría aristocrática.

En Roma, la República consagraba los privilegios de las clases superiores y mantenía un sistema de castas impermeables hasta tal punto que personajes que hoy no se dudan como Julio Cesar, sostuvieron su hegemonía dictatorial gracias a las clases plebeyas, la república Romana cae por una reacción de la ciudadanía frente a la “Democracia Senatorial”.

¿Acaso las Repúblicas de la Edad Media que se asentaban en Italia, como por ejemplo, Venecia, eran democráticas? ¡ No…en absoluto, eran tiranías de las más crueles que se han conocido! Y así, si seguimos el hilo de la Historia, podemos llegar a nuestros días… ¿acaso eran sinónimo Democracia y República en Hungría, en Polonia, en Rumanía, en Albania, en Bulgaria, en la Unión Soviética?, ¿Acaso lo son en Irán, en China, en Corea del Norte o en Cuba?

Monarquías y Repúblicas se dan la mano en los desvaríos históricos, muy a pesar de la tendenciosa opinión de esa progresía al uso.  No se trata, al fin y al cabo, de una cuestión de nombre ni de sistema sino de resultados.  Un Rey que no sea capaz de imponer en la sociedad el orden y el equilibrio que implica el ejercicio de su función de moderador, de garante de los derechos de la ciudadanía, de la unidad de la Patria y de las cuestiones fundamentales del Estado será tan ineficaz, tan inútil y tan innecesario como un Presidente de la República que  olvide que su elección le impone dejar absolutamente a un lado su militancia en un determinado partido para ejercer sus funciones con independencia y en la conciencia de que es Presidente de los que le votaron y de los que no lo hicieron, sin embargo, desde las perspectivas de la falsa progresía, el partidismo tendencioso de un Presidente de República es absolutamente admisible.

Sea  Rey, sea presidente de la República, el Jefe del Estado tiene la misión de lo que Ortega y Gasset señalaba como “organizar la decencia nacional”

Estamos en una Monarquía que tiene unas peculiaridades que la hacen distinta a otras que se han conocido en el mundo y muy particularmente en la tradición histórica de España. No es restaurada muy a pesar de las formas, muy a pesar de que en 1977 el Conde de Barcelona cediese la llamada “Legitimidad Histórica”. Nuestra Monarquía es, se quiera o no, fruto de una decisión tomada en un periodo político ajeno a la Democracia y se ha venido manteniendo en un difícil equilibrio, tratando siempre de demostrar que a pesar del modo en que se gestó y, efectivamente, llegó a hacerse realidad el 22 de noviembre de 1975, los principios bajo los que se conformó y los comportamientos y actuaciones que  protagonizó el aspirante a Rey se superaron y, por lo tanto, a pesar del  origen, los hechos y la forma de ejercer la función de la Corona por parte de su titular a partir de la transición han borrado aquel pasado.

La Monarquía Española está basada fundamentalmente en el culto a la personalidad del Rey y  por tal motivo no se ha fomentado una cultura de respeto, de conocimiento, de consolidación de la Institución. El Rey de España y la Familia Real están justificados en la sociedad  en base a ese peculiar concepto que se ha consolidado bajo en nombre de “Juancarlismo”, una fórmula que evita, de un modo lamentable, en mi opinión, que exista más allá de la persona una noción institucional de la forma de Jefatura del Estado.  La Corona, ¿qué es la Corona?.

El “Juancarlismo” implica una confusión institucional que configura la Jefatura del Estado como una “Monarquía Republicana”, o una “República Coronada”, nada que ver con el pasado, nada que ver con ninguna de la Monarquías que sobreviven en el mundo, ni tampoco con las Repúblicas. Es un sistema pasajero, por mucho que se diga, por mucho que se especule sobre el futuro, sobre el día después de la ausencia del actual Rey.

¿Sobrevivirá este sistema a su actual titular?. No creo que haya un sincero convencimiento de que así pueda ser y a parte de esa simpatía de la que el Rey y su familia gozan en la actualidad se observan constantes muestras de la ausencia de efectivo ejercicio del poder moral, de la función moderadora y equilibradora de la sociedad sino que, muy al contrario, se patentiza, lamentablemente, un abandono, una dejación de esas funciones e incluso una falta ostensible de independencia frente al Poder Ejecutivo en determinados momentos.

Si la Monarquía quiere salvarse, si quiere constituirse en proyecto de futuro y sobrevivir, tiene que regenerarse desde dentro, tiene que recuperar su papel con todas las consecuencias porque en España, se diga lo que se diga, hay “juancarlistas” pero no monárquicos y en el contexto actual, en las circunstancias en que vivimos, hasta los que nos sentimos monárquicos nos planteamos si esta peculiar forma de entender la Institución de la Corona debe mantenerse o no. Los monárquicos no podemos identificar la institución con unos personajes que juegan un papel confuso en la sociedad, que pretenden ser como los demás ciudadanos siendo conscientes de que su fundamento institucional se cimienta, entre otros pilares, en el hecho de la excepcionalidad que impone que una familia determinada, por razones históricas y de forma hereditaria, se vean privilegiada hasta el punto de que solo sus miembros están llamados para ostentar la Jefatura del Estado de forma hereditaria.

¿Cómo pretende ser una más aquella familia en cuyo seno se sucede, generación tras generación, la Jefatura de un Estado? ¿Cómo se puede aceptar esa pretensión de “normalidad” sin renuncia a los privilegios?. No se olvide que es quien  estas  líneas  escribe  un convencido monárquico, pero no puedo sino repetir lo que Ortega y Gasset manifestase sobre la II Republica a la que apoyo en su instauración de manera firme y convencida: “¡Esto no es!”. “¡Esto no es!” vengo diciendo hace años, sin que mi opinión haya sido tenida en cuenta en los círculos en los que la expresé, donde se me tachó de retrógrado y anacrónico cuando manifestaba mi discrepancia por las bodas de los hijas del Rey y me quejé de que esos matrimonios que incumbían nada menos que a los posibles sucesores en la Jefatura del Estado no fuesen objeto de una aprobación expresa de las Cortes Generales sino tomados poco más o menos como asunto privado. Ahora las consecuencias saltan a la vista.

Y es que un Jefe del Estado que pretenda ser un ciudadano más y cuya existencia se desarrolle en los parámetros más o menos homogenizados de una familia como las demás que constituyen una Nación no puede ser Rey, no puede ser otra cosa que Presidente de una República, un ciudadano que al término del periodo por el que se mantenga a la cabeza del Estado vuelve a su actividad anterior, vuelve a su trabajo, a sus quehaceres anteriores al tiempo que otro ciudadano le sustituye, o, al menos, así debería ser porque la realidad cotidiana nos muestra que esos Ex - Presidentes de las diversas Repúblicas del planeta también mantienen privilegios y un estatus diferenciador del resto de la ciudadanía cuando dejan su cargo.

A nadie se le escapa que la situación de la institución de la Corona en los días en que escribo estas líneas es mucho más delicada de lo que oficialmente se manifiesta. A nadie se le puede escapar que a los líderes de los partidos de la izquierda parlamentaria que se han mostrado hasta ahora tolerantes con el actual Monarca pero que siempre se manifestaron expresamente republicanos, como lo fueron siempre les empieza a molestar ya esta forma de Jefatura del Estado, esta Monarquía para ellos ha sido y es un instrumento, un mero instrumento sin solución de continuidad y aspiran a instituir una III República. Y a la derecha española tampoco le desagrada del todo la idea, entre otras cosas porque existe una impresión cada vez más arraigada de que el Rey y su entorno están bastante fuera de la realidad y los escándalos producidos en el entorno familiar del Monarca han ayudado, además, a fortalecer la idea de que la Corona es una institución ya amortizada. De una devoción sin límites se está pasando al lado opuesto y ya no se recata la opinión pública de censurar a una Monarquía que parece ajena a los problemas de la ciudadanía, a  la crisis de la Unidad Nacional, a la desintegración del tejido social, la corrupción que salpica todo el escenario de la vida pública incluso a la Familia Real. Ya empieza a manifestarse una corriente cada vez más creciente que pasa factura, algo que se veía venir, que se sabía que ocurriría,  necesariamente, tarde o temprano. Y, por supuesto, no existe un compromiso monárquico, entendiendo como tal el firme e incondicional apoyo de un grupo fuerte, unido y organizado de ciudadanos de todos los niveles sociales que defiendan el ideal de la Monarquía, y no existe porque es el entorno del Monarca quien los ha espantado, diluido. No existen los monárquicos porque el Rey y los suyos los han echado, no ha parecido oportuno que existan.


Manuel Alba
Tel: () -
Email: abogadoalba@hotmail.com
Poblacion: Marbella
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