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Hay cosas que no cambian


Existen dudas de si fue Fernando V de Aragón o si fue Cesar Borgia. Uno de los dos, desde luego, sirvió de ejemplo y norte a Nicolás Maquiavelo para forjar su magnífico catecismo político para el gobierno eficaz de los reinos que se titularía “El Príncipe”. El ilustre florentino los admiraba  a ambos con igual entusiasmo y les tenía la misma devoción, y la inspiración en sus modos de proceder le permitió dejar sentados algunos principios que son de una palpitante actualidad:
“No debe, pues, un príncipe ser fiel a su promesa cuando esa fidelidad le perjudica y han desaparecido las causas que le hicieron prometerlas”.
“Jamás faltarán a un príncipe argumentos para disculpar el incumplimiento de sus promesas”
“Es indispensable saber disfrazar las cosas bien, ser maestro fingiendo, a pesar de que los hombres sean tan cándidos y sumisos a las necesidades de cada momento que, quien engañé, encontrará siempre alguien dispuesto a ser engañado”
“Ningún príncipe pude practicar todas las virtudes que dan crédito de buenos a los hombres, necesitando con frecuencia, para conservar su poder, hacer algo contrario a la lealtad, a la clemencia, a la bondad o a la religión”
 
 Estas frases siempre me han llamado poderosamente la atención puesto que su contemporaneidad es manifiesta. Si sustituimos la figura del príncipe por la del gobernante de un país sometido a la dictadura de la democracia partitocrática  nos encontramos que estas son las ideas que guían el comportamiento de los componentes de esa casta sacerdotal que se viene a llamar “clase política”.  Maquiavelo no inventó nada que ya no viniera siendo conocido desde antiguo, ni que fuese exclusivamente aplicable al entorno renacentista de la corte de Lorenzo de Medici.
 
Poco puede haber tan actual que el sistemático  incumplimiento de las promesas echas al amparo de una campaña electoral inmediatamente después del triunfo y el alcance del codiciado poder, nada más al día que esa absoluta abundancia de argumentos para justificar dicho incumplimiento, nada más contemporáneo que esa manifiesta capacidad de ocultar, disfrazar la realidad, esa desmesura a la hora de alardear de valores y principios hoy para abandonarlos y despreciarlos mañana. Nicolás de Maquiavelo  podría ser el ideólogo de cabecera de cualquier líder político,  no importa del partido que fuese porque la sociedad, el pueblo sigue siendo igual, sigue sumiso a las necesidades  puntuales, y los ciudadanos son acomodaticios y un tanto cándidos. Y engañar a la sociedad no es, en definitiva, algo  que se tome por grave, sino que se tolera y sale gratis.
 
El engaño a la sociedad, de todas formas,  ha sido una constante en las colectividades políticamente organizadas desde que se produjo la primera comunidad articulada y eso es así porque los individuos son propensos a dejarse engañar, tanto individual como grupalmente, y en cierta manera de forma voluntaria .
 
Tres siglos después de Nicolás de Maquiavelo  se produjo en fenómeno de la Ilustración y con ella floreció el librepensamiento en estado, al menos, embrionario. Entonces se suscitó en tierras germanas y desde las perspectivas ética y moral, la cuestión de si era o no correcto engañar al pueblo hubo y el debate llegaría tal punto que nada menos que Federico II de Prusia, “El Grande”  impulso  un concurso de disertaciones filosóficas, en el seno de la Real Academia de Berlín, en el que se alentaba a los pensadores a participar en un debate sobre la conveniencia o inconveniencia de engañar al pueblo. Parece ser que el motivo de aquel concurso, de lo que hoy llamaríamos una “tormenta de ideas” había sido la gran inquietud y el rechazo que había producido en el monarca la lectura de las tesis de Maquiavelo.
 
¿Es útil engañar al pueblo?. A esta cuestión respondieron cuarenta y dos intelectuales de la época con sus ensayos escritos, dentro de un contexto en el que la cuestión estaba palpitantemente viva. ¡Hasta el propio Goethe había aportado su granito de arena con un poema titulado Mentira o engaño: ¿Debe engañarse a pueblo?
 
Desde luego que no
Más si  le echas mentiras
Mientras más grandes fueren
Resultaran mejor
 
Aquella acción de Federico II tuvo lugar en 1778 fue un gesto típico de un monarca ilustrado, cuyo resultado se conoció en 1780 resultando un empate, según trascendió a la historia, entre Castillón, favorable al engaño, y Becker , contrario al mismo y más en la línea de rechazo a la idea de considerar al pueblo en un estado de permanente minoría de edad. El monarca se decantó, por el engaño, a pesar de su aversión por Maquiavelo, y para ello se justificó argumentando la falta de madurez y el rechazo a la educación del pueblo por su propia naturaleza, en definitiva hizo valida la frase de aquel a quien tanto rechazaba: Jamás faltarán a un príncipe argumentos para disculpar el incumplimiento de sus promesas
 
Confieso que no he tenido conocimiento de este debate concurso de Federico el Grande hasta que supe de la existencia a finales del siglo XVIII de un noble francés ilustrado cuyos principios y postulados fueron mucho más que revolucionarios en su tiempo y aun ahora se pueden considerar bastante progresistas. Y el descubrimiento del personaje fue absolutamente accidental, con ocasión de estar husmeando entre los libros de un conocido, un viejo profesor de instituto que vivía en Larache y que era un ser extraordinario y sorprendente.  Allí me encontré con un librito titulado Est – il útile de tromper le peuple?de Marie – Jean – Antoine – Nicolas de Caritat, Marquis de Condorcet y de inmediato me llamó la atención por algo tan nimio como que un marqués, es decir un hombre,  se llamase María de primer nombre. (Luego me di cuenta que también el primer nombre de Lafayette era María). La cuestión es que aquel caballero me regaló el librito, confesándome que nunca lo había leído y que había estado de siempre en su casa. Efectivamente las páginas estaban sin separar, como ocurre con muchos libros antiguos. ¡Y yo tampoco lo leí hasta hace tres o cuatro años!
 
 Descubrí el rechazo del Marqués de Condorcet al engaño del pueblo es absoluto y no le cabe albergar la justificación de que en algunos casos es por su propio bien, pero lo que más me sorprendió fue el hecho de que ya en 1778 denunciase algo que hoy es tema habitual de debate: el divorcio absoluto de los políticos y sus intereses y de la sociedad y los suyos.
 
Condorcet fue un revolucionario ilustrado y girondino, víctima de la Revolución,  y como tal murió, suicidándose en la cárcel antes de ser guillotinado, fue persona preocupada por la educación y el progreso integral de la ciudadanía  y realizó algunos trabajos sobre estos temas, los cuales  no conozco. En España no ha sido un personaje conocido aunque me consta que hace dos o tres años se editó el librito que he comentado bajo el título ¿Es conveniente engañar al pueblo?.
¿No se sigue en la misma situación de engaño? ¡A lo mejor hay que convocar otro concurso,  a ver que resulta!


Manuel Alba
Tel: () -
Email: abogadoalba@hotmail.com
Poblacion: Marbella
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