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La negación del Dalí escritor


Algunas personas han alcanzado la fama por sus méritos en el ejercicio de determinadas actividades o su maestría en alguna rama de las artes o de las ciencias, identificándoselas y recordándolas en función de su destreza y su buen hacer en el oficio o arte desarrollado en el transcurso de su vida; por eso  se reconoce a Salvador Dalí y Doménech por su actividad artística más destacada, como pintor, maestro de la corriente surrealista.
 
Dalí, ha sufrido en los últimos años un arrinconamiento, una marginación programada por los sectores de la progresía que se han apoderado de la cultura, que la han monopolizado y politizado hasta el nivel que hoy podemos apreciar.  Su carácter controvertido, su apoyo indiscutible al régimen del General Franco que en principio receló de él, su nada disimulada antipatía hacia el regionalismo, el catalanismo y el separatismo, y, finalmente, la cesión de su patrimonio artístico al Estado Español le hicieron merecedor de la marginación que hoy sufre en España, incluso olvidándose que por ser sospechoso de militar en la órbita marxista, en 1924, con 19 años, fue encarcelado unos meses por el gobierno de Primo de Rivera. Tal vez esos monopolizadores del arte y la cultura no puedan olvidar nunca su célebre frase: “Picasso es comunista, yo tampoco”.
 
Porque Picasso es el indiscutible ídolo de los cultos sectarios de nuestros días: Picasso el españolísimo, el malagueño, el exiliado al que nadie le discute el mérito pero a quien habría que poner definitivamente en su sitio, dejando ya a un lado esa beatería interesada. Y no me duelen prendas de reconocer la profunda antipatía que siento no hacia la obra pero si hacia el mito edulcorado erigido en torno a la figura de Paul Ruiz Picasso,  que nació en Málaga como podía haberlo hecho en Burgos o en Pamplona, y que a los nueve o diez años marcho a La Coruña, siendo allí donde estudió dibujo y pintura, y que a los quince años se traslada a Barcelona.  El malagueño, el que sentía nostalgia de Málaga era su padre, José Ruiz,  hombre culto y con grandes inquietudes, tertuliano de la rebotica de la Farmacia de la calle Granada, el profesor de la escuela de San Telmo que también era conservador del Museo Municipal y restaurador de cuadros, aquel hombre que pintaba delicadas palomas, aquel artista honesto al que hoy ni se recuerda y todo lo más que se puede leer de él, aparte de ser el padre de su hijo, es que era un pintor mediocre. Aquel profesor que tuvo que dejar Málaga cuando cerró el Museo Municipal y pedir plaza en donde la hubo y que fue el indiscutible vínculo de Picasso con el arte, pues nació y se crió entre tubos de pintura y pinceles. ¿ Hubiese sido posible Picasso si su padre hubiera sido médico o profesor de literatura?. Picasso se formó en Barcelona definitivamente y pasaba por Málaga de vacaciones, y la pretendida influencia de Málaga en su obra, su nostalgia, no es sino una de tantas falsedades interesadamente creadas. El mismo reconoce que si tienen que agradecer algo a algún lugar es al pueblo de su amigo Manuel Pallarés, la localidad de Horta de San Juan llegando a expresarlo años después: “todo lo que hoy se lo aprendí en el pueblo de Pallarés”. A Picasso no se le pasó por la cabeza irse a Málaga cuando se independizó de su familia, sino que mantuvo su residencia en Barcelona, vinculándose al ambiente cultural de la ciudad, participando activamente en las tertulias del famoso café  Cuatro Gatos, y sus amigos no eran malagueños sino los pintores Romeu, Ramón Casas, Miguel Utrillo, Ricardo Canals, y Santiago Rusiñol el poeta catalanista colaborador de Maragall.
 
 En octubre de 1900 Picasso llegó por primera vez a Paris, de donde regresó y simultaneó sus estancias en Barcelona y Madrid. Gran patriota, le tocó por sorteo incorporarse al Ejército para hacer el servicio militar y buscó la forma de librarse, recaudando las 1.500 pesetas de la llamada “cuota de redención”, un pago que se hacía para ser sustituido. Sus idas y venidas a París culminaron cuando en abril de 1904 se instaló allí definitivamente, allí logró hacerse amigo de Leo y Gertrude Stein, siendo estos sus primeros compradores y promotores. Acudió alguna vez a Barcelona y a Madrid. No volvió a España desde que en el verano de 1933 visitase a su familia en Barcelona. España le interesaba de lejos y ni siquiera volvió cuando la II República lo nombró director del Museo del Prado, tampoco tuvo a bien hacer acto de presencia en la inauguración del Museo Picasso de Barcelona,  obra de su amigo y mano derecha Jaime Sabartés, aunque agradeció a la Ciudad Condal ser su cuna como artista con una importante donación de obra a dicho museo. De Málaga ni se acordó porque, a pesar de los cantos y las loas, del esfuerzo por mantener viva esa imagen de ciudad natal, Picasso no se sintió influido por la ciudad más allá del hecho de haber nacido en ella.
 
 Fue militante el Partido Comunista de Francia pero no se le paso por la cabeza militar en el comunismo español, en el Partido Comunista en el exilio, su españolismo, si acaso lo tuvo, fue meramente una pose. Y si estos  motivos no se considerasen suficientes para justificar mi aversión a su persona y mi oposición a que se le muestre como un español ejemplar y un malagueño de pro, a ellos les uno su desprecio por las mujeres a las que utilizó y de las que se desprendió a su antojo: Fernande Olivier, Gabrielle Depeyre, Olga Koklowa, Marie – Thérèse Walter, Dora Maar,  fueron abandonadas de mala manera; Françoise Gilot no fue perdonada por haberle abandonado y  se vengó represaliando a los hijos que tuvo con ella: Paloma y Claude.  Solo Jacqueline Roque a quien conoció cuando ya tenía setenta y tres años, se salvará de  la quema…
 
Pero no quería yo hablar de Picasso... Toda mi inquina contra él se vuelve simpatía y buenos recuerdos al rememorar la figura de otro pintor de su familia, su sobrino, el hijo del Dr. Vilató y de su hermana Lola, a quien conocí y con quien pude mantener alguna que otra conversación en su estudio del Boulevard Raspail, él, Javier Vilató Ruiz Picasso, reconocía que su tío  fue personaje difícil…
 
 
Salvador Dalí fue diferente en todos los sentidos… y aunque se le haya marginado en nuestro país, su influencia, fama y cotización, (algo que era para él tan importante), se mantienen e incrementan fuera de nuestras fronteras. Poco nuevo de él y de su vida apoteósica, de sus escándalos, sus extravagancias y su extraña vida en pareja con aquella inquietante mujer, Gala,  en definitiva, de su mundo. Su personalidad, su vida y su obra han sido objeto de más dedicación que a la de cualquier artista del mundo.
 
Si bien me gustaba lo poco que conocía de su obra,  fue a comienzos de febrero 1980, en una de mis andanzas parisinas, cuando me enganché totalmente a Dalí.  Fui invitado por una amiga ya fallecida a ver la retrospectiva que meses antes, en diciembre de 1979, se había inaugurado en el Museo  de Arte Contemporáneo George Pompidou de París. ¡Aquella exposición era lo nunca visto!. Y si para los visitantes parisinos la sorpresa y el impacto fueron excepcionales, no eran comparables con las sensaciones que para aquel estudiante sevillano que aunque frecuentara desde su adolescencia la ciudad no dejaba de ser un muchacho español “de provincias” como se decía entonces. Aquella exposición recibía al visitante con algo indescriptible: Se trataba de eso que hoy se suele denominar una “instalación”, titulada “La Kermesse heroïque” ocupaba todo el hall de entrada. En ella, desde una reproducción del cabo de Creus, un automóvil Citroën negro,  modelo 11 Cv antiguo parecía lanzarse al vacío, donde estaba dispuesto a recogerlo una cuchara metálica de casi 50 metros de larga que estaba suspendida en el aire, sujeta por cables de acero a la estructura del Pompidou. Por el aire, suspendidas también de la estructura del techo clavan a modo de guirnaldas  butifarras gigantescas, ristras de chorizos descomunales y unos racimos. No sé si veré algo en un museo que me cause la impresión, el sobrecogimiento, el estupor, el impacto que me produjo aquella visión, que predisponía a admirar el espectáculo que esperaba al visitante en la quinta planta, donde se recogía lo más señero de la obra del artista.
 
El matrimonio Dali estaba residiendo en su lugar habitual en la ciudad, el Hotel Meurice de la Rúe Rivoli y allí, con ocasión de un cóctel, fui presentado al pintor, que iba vestido, disfrazado, si se quiere, de Dalí, con bastón, abrigo de leopardo y barretina incluidos, y que nos saludó cordialmente, no pude entender lo que decía, lo confieso, en parte porque hablaba bajo y en una extraña mezcla de francés y español con acento catalán y en gran medida porque detrás de él estaba Gala, hierática y como de cera, menuda, inexpresiva, pero que dirigía a nuestro grupo su mirada cruel y aterradora. ¡Jamás me ha mirado nadie con aquella frialdad!.¡Nunca he sentido en la mirada de nadie aquel odio!.
 
En España ni se pensó la posibilidad de traer aquella retrospectiva en su integridad aunque si se trajo esquilmada y diezmada, algún tiempo después. Diez años después de aquel acontecimiento el pintor moriría y al poco su imagen se iría desfigurando, su genio se despreciaría, se le calificaría de mamarracho, esperpéntico, y, ¡claro está!, de pintor fascista.  A pesar de ello, el museo de Figueras sigue siendo uno de los más visitados del país. Y tan solo hace unos días, los franceses, no conformes con aquella retrospectiva que se consideró como la exposición del siglo, han vuelto al Pompidou a encontrarse con Dalí. Ha regresado a la meca del arte contemporáneo con una exposición que le muestra más allá de la faceta artística, incluyendo los aspectos más diversos posibles de su personalidad y de sus inquietudes y  en la  que se reúnen pinturas, esculturas, joyas, películas, objetos, todo el universo daliniano representado en más de doscientas piezas. ¿Será posible visitarla en España? ¿Seguirán los monopolistas de la cultura sectaria negando a Salvador Dalí?
 
Pero tampoco quería yo centrarme en estos asuntos, sino tratar del Dalí escritor, porque esa faceta suya es bastante menos conocida y no por ello deja de ser importante e interesante. Y es lógico  que  el genio de Cadaqués escribiera,  puesto que en su entorno, desde sus tiempos de “La Residencia”, siempre hubo escritores a su alrededor, de hecho sus amigos fueron mayoritariamente escritores. Había sido brillante en su bachillerato, y había concurrido a tertulias literarias y culturales de la mano de su tío Antonio, tenía, además, a su disposición la biblioteca de su padre, el Notario Salvador Dalí y Cusí, y en ella tomo contacto con Kant, Voltaire, y Nietzsche, entre otros autores, y después conocería y tendría amistad con Tristan Tzara, Paul Elouard, Andre Breton. Comenzó a escribir desde temprana edad aunque no se conservan aquellas primeras iniciativas.
 
En 1931 escribió “L´Amour et la mémoire”,    en 1932  un guión para una película que no llegó a realizarse, titulada “Babaouo”  pero que se publicó con un ensayo en torno al cine, posteriormente una serie de trabajos como “Les pantoufles de Picasso”, “La Conquête de l´Irrationel” “ Metamorfosis de Narciso” y otros textos  que preceden a “Vida secreta de Salvador Dalí” .  Tal vez su obra fundamental, que, como no podría ser de otro modo, empieza por ser difícil de clasificar en cuanto al género, siendo preciso señalar no que no es ya que todas las opiniones coinciden en que no es: ni novela, ni ensayo, ni libro de memorias, ni autobiografía… la escribió Dalí en los Estados Unidos, en Virginia, y se sabe que lo hizo en casa de los Crosby: ¿Surrealista?, ¡sin duda alguna!. Comenzando por sus primeras páginas, que el propio autor califica de recuerdos falsos, y terminando con una especie de  alegoría al agnosticismo, reúne en sus páginas recuerdos ciertos, fantasías, vivencias, opiniones sobre las personas que había conocido, todo ello con un estilo desenfadado, divertido y escandaloso que finaliza en una fecha concreta, el 30 de julio de 1941 con esta frase:  “En este momento no tengo fe y temo que moriré sin cielo”.
 
El escándalo fue mayúsculo y la crítica feroz, desde el crítico del New York Times , que lo calificó de obra de niño malcriado, al de la revista Time que lanzaba una pregunta:¿Está loco Dalí?. No hubo en Estados Unidos nadie que no se opusiese furibundamente al libro y a su autor, del que se preguntaban si se había escapado de algún manicomio. La verdad es que esa “Vida secreta” resulta fascinante, en ella se muestra,  a los 37 años, Dalí en estado puro. Es uno de los libros más raros que he leído y también más sorprendentemente divertidos…¡ lo recomiendo con vehemencia!.
 
Antes había escrito otra obra que le desapareció en uno de sus traslados de residencia y que volvió a encontrar después de más de veinte años: “El Mito Trágico de “El Angelus” de Millet” en torno al célebre cuadro que para él era una auténtica obsesión. El manuscrito reencontrado en 1963 se publicó con algunas incorporaciones al texto ese año, pintando, además, un cuadro con el  mismo título. Es ese año cuando describe la visión que tuvo del Universo, del que dice que es parecido por su estructura a la estación de Perpignan con la única diferencia de la ubicación de la taquilla. En este libro, también extraordinariamente interesante de leer concluye: ¡El Angelus de Millet, hermoso, como el encuentro fortuito de una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas!  
 
Pero no queda ahí su genial producción literaria, pues tenemos también  el “Diario de un Genio”, que comprende desde 1952 a 1964 y que contiene consideraciones sobre su trabajo, sobre el cuadro que está en ese momento determinado trabajando, mezclándolas con sus reflexiones, sueños, comentarios a visitas que recibe, máximas, criterios. El lenguaje es desenfadado y divertido y, desde luego, es otra muestra genial del artista, porque no se puede calificar de otro modo. El decía que era un genio, él único de su época, y desde luego, loco o cuerdo, era genial y su capacidad para que nada que de él surgiese resultase indiferente,  la atracción que era capaz de suscitar en quien se le aproximaba era ilimitada. ¿Acaso no se puede sentir fascinado quien lea, por ejemplo, en el “Diario” sentencias de este tipo:
 
 “¡Pintor, no eres un orador! ¡Por lo tanto pinta y calla!” (esta, desde luego, no se la aplicaba a si mismo)
 
Con motivo de un pedo muy prolongado, en verdad, demasiado prolongado y, seamos sinceros, melodioso, que dejo escapar al despertarme, me acuerdo de Michael de Montaigne. Este autor nos informa que San Agustín fue un célebre petómano que conseguía ejecutar partituras enteras”.
 
De todos los placeres hipersibaríticos de mi vida, uno de los más agudos y más picantes es tal vez ( e incluso sin tal vez), y será, el permanecer al sol cubierto de moscas. Podría también decir : ¡Dejad que las moscas vengan a mi!.... “
 
El secreto de hoy consiste en saber abstenerse de galopar ante el verano que se escapa por entre mis dientecillos apretados. Por mucho que me empeñe en apretarlos hasta el punto de no dejar libertad alguna al tiempo, le concedo, a pesar de todo la ilusión de que podrá escaparse”
 
¡Silencio! Creo que mañana tarde los testículos de Fidias habrán conseguido hacerme pintar a la perfección, especialmente en lo que se refiere al brazo izquierdo!
 
¿No les intriga que más se puede encontrar uno en las páginas del “Diario de un Genio”?
 
 Y hay alguna que otra cosa que no deja de ser impactante,  como un libro que comienza “Corbu, Corbu, Corbu, Corbu, Corbi, Corba, Corbo muerto”. Es la “ Lettre ouverte a Salvador Dalí”.  Se trata de la correspondencia entre Dalí y él mismo, y su contenido es delirante. Reproduzco textualmente lo que señala como “Ejemplo de ser – objeto aerodinámico” :
 
Alquilar una viejecita limpia en el más alto grado de decrepitud y exponerla (vestida de torero) poniendo, sobre su cabeza, previamente afeitada, una tortilla de verduras que temblequeará necesariamente. Se podrá también colocar una pieza de veinte francos sobre a tortilla.”
 
¿Y qué decir de cómo queda la Justicia retratada en esta frase que uno le dirige al otro?:  “Dalí, Dalí, no creo en la justicia. Su sexo es demasiado ambiguo. Recuerda esto: ¡La justicia es la mujer barbuda!”
 
El Dalí escritor es una expresión más de si mismo, de alguien que no ha sido superado , ni creo que pueda serlo, no es comparable a ningún fenómeno, hecho o circunstancia, no se le puede encontrar parecido y concordancia con nadie, a quienes nos ha calado profundamente nos resulta imposible de librarnos de él. En mi caso, después de estudiarlo y de tratar de entenderlo plenamente, empiezo a convencerme de que a la estación de Perpignan hay que reubicarle la taquilla para que sea fiel reflejo, a escala reducida, por supuesto,  del Universo.


Manuel Alba
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