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Los innecesarios


Debo de haber escrito ya en alguna ocasión, no lo recuerdo, algo que siempre suena duro a los oídos de quien me escucha o ciega los ojos de quien lo lee, es aquello de que la existencia de la mayoría de los humanos me resulta absurda, insignificante y en gran medida innecesaria, y siempre me he de reafirmar en esa idea porque el devenir de los años me ha ido poniendo en evidencia la veracidad de ese convencimiento al que no renuncio.Y en esas existencias incluyo las de gentes que son reconocidos en su mundo, en su época, por su notoriedad en algún aspecto que a la sociedad de su momento le resultó digno de encomio. ¿Insignificante, absurda e innecesaria la existencia de personajes encumbrados a la fama por sus semejantes? Pues si, y en la medida en que aquellos iguales, aquellos que los ensalzaron, eran tan insignificantes, absurdos e innecesarios como ellos.


Es la fama, la gloria y el reconocimiento algo que se busca, o se alcanza en razón a los efectos que la causa provoca en el entorno, en el colectivo, en la sociedad. La buscan, o la alcanzan por vías hipócritamente indirectas, quienes tienen la inseguridad suficiente en ellos mismos como para querer ser reforzados, anclados, en el pensamiento y la admiración de la gente que le rodea, entendido en sentido lato. Y no solo en estos días de putrefacción ética y de desvergüenza social, días en los que ser famoso es una profesión a la que se dedica la escoria más obscena y estúpida, la flor y nata de la vulgaridad y la barbarie, no solo es esa fama de los que lucen cuerpos, cuernos, amoríos y demás indecencias ante los medios de alienación comunicativa la prueba de la innecesaridad como individuos de quienes alcanzan ese grado de popularidad, sino que también prueba de forma manifiesta que los que los ensalzan u encumbran, miembros del cuerpo inerte de la masa que se mueve por resortes automáticos, son absolutamente innecesarios, prescindibles.


La humanidad no necesita seres que obstruyan, que taponen, su marcha hacia ese destino, incierto, desconocido, y por ende fascinante. La humanidad no necesita seres que la frenen, llenos de miedos y angustias y aferrados a condicionar el porvenir desde su presente, desde su hoy estúpido y vacío.


Y es que la humanidad es otra cosa, distinta, superior intelectiva y metafísicamente, de los individuos que la forman, y a ella le sobran los que quieren anclarse en la vida mirando para otro lado, creyendo que por sí y por sus actos, individuales o colectivos, gobernaran el Cosmos y sus designios. Por esa razón, la humanidad como ente superior al conjunto de sus miembros, auxiliada y auxiliando a la Naturaleza, impone puntos de inflexión a esa mal entendida conducta evolutiva de las sociedades humanas.


Naturaleza y humanidad, unidas, provocan catarsis en el mundo desde la noche de los tiempos, demostrándole a los individuos de cada presente que por mucho que se empeñen no podrán parar jamás el transcurso de los acontecimientos, condicionándolos, manipulándolos.


Fenómenos como la guerra, los cambios por lo que llaman los humanos alteraciones de la naturaleza, contaminaciones medioambientales y todos esos productos de la acción que llaman devastadora esa clase sacerdotal de los ecologistas, no son sino el fruto de la conjunción de la acción de la humanidad, como ente autónomo, y de la propia Naturaleza. Por mucho que se legisle, que se conferencie, que se proclame y que se coalicione para combatir esas acciones, nunca se podrá conseguir controlar lo que no es, al fin y al cabo, sino la misión humana en un planeta que se empeñan en salvar los que no tienen sino miedo a su final, a su extinción.


Si la Naturaleza, la humanidad y el mundo no lo hubiesen querido, el hombre sería uno más de los bichejos, de los animalillos que andan pululando por la tierra sin más afán, destino ni ambición que comer y reproducirse, sin capacidad alguna de generar transformaciones en el entorno. Si estamos hechos así, es porque tenemos que hacer lo que está prescrito por el orden natural… ¡Nunca unas hormigas han construido una central nuclear ni han fabricado una bolsa de plástico!. El humano lo ha logrado hacer, tal vez porque esa capacidad transformadora que se trata de parar con reglas y sanciones, una capacidad que creen los seres insulsos, innecesarios y absurdos existencialmente que lleva a la destrucción del Planeta sin querer imaginar ni tan siquiera que eso que denominan destrucción es, en realidad, transformación, preparación para otra fase, otra etapa.


¡A la mediocre masa de humanos sumados de uno en uno no le interesa pensar, saber y asumir que la humanidad esta de algún modo justificada en esa acción preparatoria, por muy erosiva y destructiva que se quiera considerar!. Digamos que estamos arando para una futura siembra, ¿de qué será la siembra?Puedo tener curiosidad por saberlo a pesar de ser consciente de que no me tocará alcanzar tal conocimiento y de constatar que a los individuos de la especie humana no nos incumbe esa cuestión. Pero constato, por otra parte, que esa acción transformadora que otros llaman destructora y que tratan de conjurar quienes se creen dueños del destino cósmico y capaces de condicionarlo, sencillamente por miedo a la desaparición, por un conservadurismo propio del instinto animal, no se realiza desde fuera del propio Planeta ni con elementos ajenos al mismo. En realidad, la distinción entre lo natural y lo artificial no tiene sentido para mi, puesto que nada de lo llamado artificial es sino transformación de primera, segunda, tercera o del grado que fuere, de los elementos naturales proveídos por la Tierra. ¿Acaso un bolígrafo o un submarino se articulan y construyen con elementos venidos de fuera de nuestro mundo?.


Absurdos en su existencia, intrascendentes en su vanidad, innecesarios, los humanos en su mayoría se afanan por salvar a una humanidad que no necesita ser salvada sino que se afana, a pesar de las piedrecitas en el camino que se le van poniendo. Y es tal vez ese el motivo por el que de vez en cuando la Naturaleza, aliada con la Humanidad entendida como ente, deleita a los humanos con un regalo: Una buena guerra, por ejemplo, que no es sino el resultado de una confrontación de instintos colectivos en la cual se han ido produciendo efectos más devastadores en la medida en la que con los propios elementos producidos en el Planeta, naturales por lo tanto, se han elaborado instrumentos bélicos más eficaces, capaces de llevarse por delante a más gente, pero no olvidemos que esa eficacia mortífera de las armas transcurre paralela al aumento de los habitantes humanos del planeta, guardando proporción, tal vez porque sea necesario que mayor sea la necesidad de dejar plazas vacías

.

Otras veces será una enfermedad, un gen, un virus que nunca antes anduvo por estos lares y que aparece llevándose consigo cantidades indeterminadas de seres hasta que el hombre le pone el taponcito a esa grieta, paliando los efectos o desactivando la causa, aunque otra causa vendrá después con sus efectos.


Y en otras ocasiones es un volcán que erupciona, un terremoto, uno de esos cataclismos, los que van actuando aquí o allá, de un modo que no tiene por qué ser anárquico como lo consideramos.


Para mí lo mejor, el plato fuerte, que puede ocurrir en cualquier momento, está en esos cambios, desvíos y traslaciones que tienen los planetas en el orden cósmico. Un cambio mínimo de la polaridad de la Tierra, que es tan imprevisible como certero, pone montañas donde hubo mares, y pone patas arriba todo lo conocido, llevándose por delante con certeza a todo lo que tenga que llevarse, como paso cuando se formaron los actuales mares y continentes. Entonces, aunque no había estadísticas ni cosas por el estilo, se debieron ir a hacer gárgaras un buen puñado de gentes que habitaban las hasta entonces firmes y seguras tierras sobre las que pisaban. Ahora, con la cantidad de humanos que poblamos es de imaginar el resultado de un baile de esa entidad, y mientras más tiempo pase y más gente exista, pues crecerá el número de los que se darán de baja forzosa por motivos sobrevenidos.


Quienes sobrevivan o quienes nos sustituyan, empezarán otra vez a generar seres conscientes de la situación y seres de existencia absurda, insulsa, innecesarias que se volverán a convencer de que su miedo a desaparecer se conjura poniéndole puertas al aire.


Manuel Alba
Tel: () -
Email: abogadoalba@hotmail.com
Poblacion: Marbella
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